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La OSE y la BOS se reúnen por primera vez en Quincena para ofrecernos un monumental “Te Deum”
  • El primer y último encuentro entre las dos orquestas se produjo en octubre de 1997, con motivo de la inauguración del Museo Guggenheim Bilbao.


  • 439 personas se subirán al escenario del Auditorio Kursaal para ofrecernos un programa compuesto por obras de Berlioz, 'Aita Madina' y Sorozabal.

 

Orquesta Sinfónica de Euskadi - Orquesta Sinfónica de Bilbao
Orfeón Donostiarra - Orfeón Pamplonés
Escolanía Easo - Easo Araoz Gazte
31 de agosto, 20:00, Auditorio Kursaal (entradas agotadas)

 

La 77 edición de la Quincena Musical de San Sebastián tendrá un final grandioso protagonizado por cuatro formaciones vascas: la Orquesta Sinfónica de Euskadi (OSE), la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS), el Orfeón Donostiarra y el Orfeón Pamplonés, acompañadas por las formaciones vocales infantiles Escolanía Easo y Easo Araoz Gazte. 439 personas se subirán mañana, 31 de agosto, al escenario del Auditorio Kursaal -ampliado para la ocasión- para presentarnos un programa compuesto por tres obras: el Te Deum op. 22 de Hector Berlioz, el Aita Gurea de Francisco de Madina y el Gernika de Pablo Sorozabal. Será la primera vez que OSE y BOS sumen sus fuerzas en el marco de la Quincena Musical. El primer y último encuentro entre las mencionadas orquestas tuvo lugar en octubre de 1997, con motivo de la inauguración del Museo Guggenheim Bilbao. La cita estará dirigida, en esta ocasión, por Víctor Pablo Pérez, uno de los mejores directores de orquesta del panorama musical español. También intervendrán en el concierto dos solistas: el tenor alemán Christian Elsner y el joven organista vasco-francés Thomas Ospital. 24 txistularis de la asociación Euskal Herriko Txistulari Elkartea participarán, además, en la interpretación del Gernika de P. Sorozabal.

Señalar, asimismo, que este concierto se organiza de la mano y a propósito de San Sebastián 2016 Capital Europea de la Cultura, y debe enmarcarse en su línea “Conversaciones”, creada para establecer alianzas con los agentes culturales consolidados de su entorno y programar -en conjunto- iniciativas vinculadas a los valores de la Capitalidad.  

El Te Deum de Hector Berlioz ha sido la pieza musical elegida para abrir este colosal concierto. En 1848, en la misma época en que comienza la redacción de sus hermosas memorias, Berlioz va dando forma en su cabeza a la gestación del Te Deum, una obra que tiene mucho que ver con el Réquiem, tanto por su monumentalidad como por su terribilità religiosa. Se trata de una composición de dimensiones imponentes, una obra de arquitectura sonora a cuyo conocimiento uno no accede verdaderamente hasta que no la ha escuchado en directo, pues la distribución espacial de las masas sonoras implicadas hace que una grabación no pueda dar idea del efecto que el compositor quiso provocar en la percepción del oyente. En su estreno, allá por 1855, Berlioz contó con cerca de 950 intérpretes que abarrotaron cada rincón de la iglesia parisina de Saint-Eustache. Los colocó en diferentes ubicaciones del templo, para que el diálogo entre ellos fuera posible, y pudieran realizar una simbólica representación de la humanidad. El Te Deum ha sido considerado como un himno festivo que se empleaba indistintamente en grandes ocasiones: coronaciones, celebraciones de victorias militares, etc. Cabe señalar que la intención de Berlioz era estrenar la obra en 1852, con motivo de la coronación y la boda de Napoleón III; no obstante, no pudo ver el Te Deum programado hasta tres años después, en la inauguración del órgano de la Iglesia de Saint-Eustache de París, lo que explica, en parte, la importancia que adquiere el instrumento en el transcurso del oratorio. Coincidencia o no, añadiremos que el organista que participa en este concierto, el reconocido intérprete vasco-francés Thomas Ospital, fue designado, en 2015, uno de los dos organistas oficiales de la mencionada Iglesia de Saint-Eustache.

Dos obras vascas -que se prestan, igualmente, a los grandes formatos- completarán el programa del concierto del 31 de agosto:

El Aita Gurea de Francisco de Madina fue estrenado en 1947 en la Catedral de Buenos Aires por la coral Lagun Onak, un conjunto fundado en 1939 por vascos radicados en Argentina, y que sigue activo aún hoy. La breve pieza fue bien recibida, y pronto se tradujo a varios idiomas. Gozó de especial buena fortuna la versión en inglés, que se programó a menudo como pieza de apertura en los Estados Unidos, país al que se trasladó 'Aita Madina' en 1955. El secreto de la emoción que desprende radica, paradójicamente, en su humildad técnica: el coro declama el rezo casi como lo haría alguien en la intimidad, homófona y silábicamente, en una progresión melódica que asciende hacia el agudo para luego descender, todo ello arropado por una orquestación tan efectiva como exenta de florituras. El resultado es, como señaló la crítica, “imponente en su sencillez”.

El concierto finalizará con el Gernika de Pablo Sorozabal. Cuando a finales de 1985, tres años antes de su fallecimiento, le preguntaron a P. Sorozabal qué significaba para él Gernika, el maestro donostiarra respondió: “Me hace evocar la infame guerra que hemos tenido. Recuerdo a mi vieja madre con toda la familia y los niños huyendo de los fascistas”. Aquellas memorias le empujaron a escribir, en 1966, Gernika: marcha fúnebre vasca -para una inusual plantilla instrumental de txistus, trompas y tambores-, dedicada a su madre. La obra contenía una letra oculta de Nemesio Etxaniz, que Sorozabal no plasmó en la partitura hasta 1976, tras fallecer Franco. La noción de grandiosidad estaba presente en el ánimo de Sorozabal: “Si estreno algún día el Gernika -del que tengo dos versiones, una con orquesta y coros, y otra con fanfarria y coros-, la fanfarria estará compuesta por 50 txistus, 16 trompas, 12 trompetas, 4 timbales y un coro de 200 voces. Y todo eso que se escuche en un valle, al aire libre”, señaló. El compositor, que falleció sin haberla escuchado, vería hoy una de las más grandes interpretaciones de Gernika que ha habido hasta la fecha.

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